lunes 17/5/21

Ida y venidas

Nueve días estuvo Salvador Illa como ministro libre de coronavirus. Llegó a Sanidad el 13 de  enero del año pasado y ya el 22 tuvo que hablar por primera vez  del entonces todavía lejano virus chino. En principio, había llegado a Madrid  para foguearse en la política estatal e irse labrando una mayor imagen pública de cara al objetivo principal –ya entonces- de la operación: volver a Cataluña como gran cabeza de cartel del PSC en sustitución del primer secretario, Miquel Iceta, que iba perdiendo peso en las encuestas.

Este era el plan inicial diseñado por Moncloa/Ferraz. Pero la pandemia dio al traste con el andamiaje previsto, salvo en lo referido a la vuelta a su comunidad de origen.  Las previsiones trazadas se cumplieron el miércoles último luego de 380 días en el departamento. Illa se fue, y  no precisamente entre aclamaciones  y sonar de trompetas, como canta  algún salmo bíblico.

El balance de su paso por Madrid bien puede definirse como el de cortesía en las formas, incompetencia en la gestión, ausencia de rendición de cuentas y falta total de autocrítica. “No me arrepiento de nada”, han sido unas de sus últimas palabras como ministro. Sanchismo puro. Hay que reconocerles que en esto están cortados todos por parecido patrón.

¿Qué esperar de los llegados? De Carolina Darias, poca cosa. Se trata de un comodín sin peso político hasta ahora revelado. Y ello por un par de  circunstancias. En primer lugar, porque el Ministerio al que accede no da para casi nada en cuanto a competencias. Hubo que desguazarlo para dar espacios a Pablo Iglesias/Podemos. Y en segundo término, porque quien seguirá decidiendo al respecto según intereses propios y no necesariamente sanitarios será Pedro Sánchez, como ya sucedió con su antecesor.

La llegada de Miguel Iceta es otro  cantar de mayor relevancia.  Pedro Sánchez  ha vuelto a dar Política Territorial al PSC, al igual que hizo con la hoy titular del Congreso, Meritxell Batet,  en el Gobierno de la moción de censura. Su misión será contactar y servir de interlocutor con el independentismo catalán para ir materializando la nueva arquitectura constitucional que el Gobierno pretende para aquel territorio.

Dos años lleva Moncloa en tal empeño, sin hasta ahora ello se haya traducido en poco más que gestos. En público no se conoce ningún papel ni ninguna propuesta digna de atención al respecto. Otra cosa es que no lo haya. Cual capas de cebolla lo irán desvelando poco a poco.    Todo llegará. De momento, lo más urgente es el inaudito indulto ¡a quienes lo volverían a hacer!

Lo que dén de sí las esperpénticas elecciones del 14/F será decisivo. Una mayoría independentista en escaños y votos podría romper el tablero negociador. Pero toquemos madera: eso sería lo lógico, aunque con Sánchez  cualquier espanto es posible. Desde luego, el secesionismo no se contentará con migajas.

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